Patria Exacta

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El Salvador

Consolidación del Bukelismo

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Nayib Bukele ganó las elecciones de la AL con un 97% de los votos válidos emitidos. Él ganó, no sus parlamentarios. Encima de las fotos de ellos la gente vio solo a su «Presi».

Justamente este último, con la excusa del relevo generacional, mandó a legislar a una jauría de jovencitos que creció a pan y propaganda. Lo mismo hizo con el electorado salvadoreño. El hombre es un zorro político y, como el animal, su fuerza no está en los músculos sino en su astucia.

Hace años irrumpe en la política importante oliendo que los viejos partidos, uno era el suyo, ya estaban en metástasis. Ni los bota, solo los empuja con un dedo: se caen sobre su propio peso de corrupción, mal gobierno, abusos y mentiras.

Para mientras, el subfondo nacional era una juventud que pronto llegaría a transformarse en una masa votante enorme. Pero era una juventud plagada de los errores del sistema en el cual creció. Sistema público de Educación entre los peores de América Latina, sin fondos, salarios miserables para los maestros y la implícita obligación a no hablar de realidad nacional. Una burbuja de aislamiento y de ignorancia general. ¿El privado? Ahí no hay estudiantes, hay clientes. Y el cliente siempre tiene la razón.

Quizás alguna Universidad produzca buenos arquitectos, ingenieros, publicistas, pero ciudadanos tercermundistas que confunden la fecha de la Independencia con la de los Acuerdos de Paz. El mismo Bukele es hijo de este sistema y los tres o menos conceptos políticos que maneja, mal, los aprendió en sus años en camisa roja y puño levantado.

¿Sirvió la escuela religiosa? Peor, terminó de acabar con la inteligencia y el desarrollo del libero arbitrio de dos generaciones. Pero las iglesias manejan ríos de dinero, y el Estado mares de deudas.

En este caos abrumador una generación desorientada, aturdida, atarantada por un capitalismo sin dinero, un dinero sin capitalismo, una realidad cada día más violenta, pandillas, políticos corruptos… sirve solo lanzar un cebo. Y Bukele lo tenía listo: justicialismo y la mentira de devolver el poder al pueblo.

Uno que conoce su propia historia, acostumbrado a analizarla, a discutirla, que en la realidad busca respuesta a los problemas estructurales y no la idea del cavernícola «lincha al rico y al que te cae mal», frente a la propaganda de Bukele solo habría sonreído. Pero sí, el sistema, voluntariamente o no, en lugar de haber entrenado la mente del ciudadano la ha asfixiado. Bukele gana. Y así fue.

Es suficiente mirar a la bancada cyan: parece el valle del eco de las palabras del presidente. No hay ni media idea original. Un ejército de autómatas perfectos que avanza por órdenes y dogmas meta políticos que a veces no se sabe si son diputados o evangelizadores de a saber cuál culto milenarista.

Tras de ellos, tras de todo, hay una nueva oligarquía que se mezcla con partes de la vieja y que reestructura el sistema a su imagen y semejanza. Con una gran ventaja: ya no tiene que convencer o justificar sus acciones. El votante no piensa. Obedece a las luces artificiales de un futuro prometedor y a su hígado siempre en busca de una venganza bíblica: aplastar al enemigo. Borrarlo. ¿Por qué? Porque así piensa mi grupo y mi grupo es igual a mi. La lógica de la pandilla.

Pero en todo esto, hay que ser claros en un punto: los jóvenes han sido víctimas de las circunstancias. De toda la realidad que ya antes hemos mencionado, y Bukele ha sido un oportunista que ha sabido capitalizar a esas víctimas.

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